domingo, 8 de mayo de 2011

La ciudad habla - The city talks

De esquina en esquina la ciudad me cuenta sus cosas.
Lo dice una pared manchada.
Lo dice un tallo verde entre el adoquín y el cordón de la vereda.
Lo dice un trapo rojo que se deshilacha en la rama.
Lo dice un maniquí superfashion que apoya la frente en el vidrio tratando de hipnotizar al semáforo.
Cabellos teñidos; cabezas con vinchas; cabezas sin pelo; zapatillas deportivas; zapatos lustrados; un maletín marrón; un bolso violeta; un carrito cartonero inflado de ocre; un diario plegado; un diario desplegado; pantalones que van y pantalones que vienen; varias corbatas insulsas de acá para allá, y celulares y más celulares que resuenan sin ton ni son.
Las respuestas que todos buscan pasan volando y se dispersan en la esquina.
El otoño sopla y hace un lío en las papeleras.
Nos aferramos al verano, pero la corriente nos lleva.
La avenida fluye.
Los coches pasan.

From corner to corner the city tells me its stuff.
A stained wall says it.
A  green stem between the paving and the curb says it.
A red rag that frays at the branch says it.
A super-fashion dummy, that rests its forehead against the window trying to hypnotize the traffic lights, says it.
Dyed hair; headbands; heads without hair; trainers; shining shoes; a brown briefcase; a violet bag; a ragman cart plenty of ocher; a folded newspaper; an unfolded newspaper; pants that go and pants that come; several ties to and fro, and lots of cell phones resonating without rhyme or reason.
The answers everyone is looking for fly by and scatter beyond the corner.
Autumn blows and makes a mess in the bins.
We cling to the summer but the stream carries us.
The avenue flows.
The cars pass.


(FOTO & TEXT: Petra Steinmeyer)

sábado, 7 de mayo de 2011

Abril en Buenos Aires - April in Buenos Aires

Frente a mi balcón se apila el agua.
Las voces resbalan como cascadas de barandilla en barandilla.
En una maceta se abre la risa del geranio.
La tormenta que se fue dejó el aire cristalino, y la tormenta que se prepara viene rodando gravemente.
Aguanto la respiración para no interrumpir el silencio.
Una polilla dibuja una espiral entre la ventana y el horizonte, y yo sigo su trayecto con el dedo.
Ambas existimos en este instante.
Quién sabe qué pasará en el siguiente.

In front of my balcony, water is piling up.
Voices trickle down from banister to banister like little waterfalls.
In the flowerpot, the laughter of the geranium gets open.
The last storm left the air crystalline, and the next storm comes up rolling gravely.
I hold my breath so as not to disturb the silence.
A moth draws a spiral between the window and the horizon, and I follow its way with a finger.
Both of us exist in this moment.
Who knows what will happen in the next one?


(FOTO & TEXT: Petra Steinmeyer)

Anochece en Buenos Aires - Night falls in Buenos Aires


Esta noche, la luna me pertenece.
Tonight, the moon belongs to me.


(FOTO & TEXT: Petra Steinmeyer)

Horizonte - Horizon


En mi horizonte, el sol cae como un durazno maduro.
In my horizon, the sun falls like a ripe peach.


(FOTO & TEXT: Petra Steinmeyer)

Araña en otoño - Spider in the atumn


Espero pacientemente en mi sitio, mientras tejo y destejo el hilo de mis pensamientos...
I wait quietly in my place, while weaving and unweaving the thread of my thoughts...

(FOTO & TEXT: Petra Steinmeyer)


miércoles, 9 de marzo de 2011

Para Claudio

Scalabrini Ortiz. Espero. Hace calor, en el subte. Los trenes a Catedral demoran. A Congreso, también.
Sandalias rojas. Ojotas azules. Zapatillas blancas. Otra vez sandalias, ahora marrones con tachuelitas. Uñas pintadas de verde.
Con ojos negros me mira el niño. Me mira hasta el fondo, sin pestañear. Boquiabierto, estático y triste, me mira. Una galleta empezada se le desmiga húmedamente en la mano. Hay una seriedad estancada en el vagón. El tiempo pasa con dificultad. Las puertas se abren y se cierran, a espaldas de mí.


En Cabildo también espero. Espero al 152. Vienen tres 168 seguidos. Comienza a lloviznar y se pegotea en las vidrieras el típico bochorno porteño. Huele a pizza lejana, algo grasienta. La humedad se me abotona estrechamente, como un vestido de lana, o de plástico. Pasa el quinto 60, que siempre tiene la parada en otro lugar y nunca sé a dónde va. Pasan bandejitas del Burger King con varios vasos de cartón en precario equilibrio. Del Farmacity no deja de entrar y salir gente. Un Nolotil, preservativos por si acaso o un desodorante de urgencias. Un señor calvo pide algo para los piojos.


Me distraje y casi pierdo el colectivo. Subo con un pequeño salto mortal y me aferro a la máquina de monedas. El peso rueda por el suelo y alguien me maldice para sus adentros.


Tu crema deja mucho polvillo? Comida china delivery. Venta directa de fábrica. Choripan, milanesas, pepsi. En tu trabajo exigí estar en blanco. Quilmes fría desde el primer al último trago. Abogados, despidos, accidentes. 
Valerie, depilación con cera negra. Pastas frescas el huevo de oro. Western Union. Jesucristo es el señor, iglesia universal del reino de dios. Parrilla el cocacolero.


La farola. Freddo. Moratto helados, café. Aberturas, puertas, portones. Flamingo. Itaú. Blockbuster video. Bombonería Viegener. Farmacia Schwartz. Coto. Piruchitas. Pizzería Víctor. Disco. Dionisius. Mama Masa...


Mientras llego, justo en el preciso momento en que pego el saltito y fuerzo el tobillo entre el colectivo que se impacienta y el cordón de la vereda que me esquiva, el camino comienza a desdibujarse en la noche, como una acuarela bajo la lluvia.


(FOTOS & TEXT: Petra Steinmeyer)

martes, 8 de marzo de 2011

Carnaval en Buenos Aires

El día vibra.
De cada cuerpo que pasa percibo el desplazamiento del aire. Los más viejos desplazan menos. Ondas más frías, más largas.
Las de los niños, en cambio, más cortas y nerviosas.
Todas confluyen y golpetean el cordón de la vereda, dibujando la corriente al ritmo del semáforo. Luego se escurren por el asfalto caliente.
Subo y bajo, voy hacia adelante y hacia atrás, cabeceando como una hortensia, con las raíces hundidas en el fango y las hojas empapadas en el vaivén.
El aire embriaga.
Esta ciudad hace honor a su nombre.
Es como vino, para mí, este aire. Inspiro y me embriago. Río por dentro y por fuera. Voy aguzando el oído.

-Trabajaba en un no sé qué de moda, o algo así.
-Eso es lo que sabía.
-Es que con la radio estamos desde la semana pasada.
-Ah! Rebien !

-Sí. Casi nada.
-No. Todo. Es raro.
-Sí. Porque él estuvo muy enamorado de mí. Y era medio raro, todo.
-Claro.

Silencio. Pasa un ángel. Por el cristal asoman fantasmas noctámbulos. Faros de coches, como una cinta sinfín, se meten en la nevera de los flanes y una bolsa de plástico circula por el escaparate y choca con el teléfono público.

-Parecido al blackberry, pero más barato.
-Unos 600 pesos te cobra Claro.
-Ja, ja! Ya lo vi !

Las voces apagadas se meten en el lateral fileteado de un colectivo blanco. Los pasajeros se giran todos al unísono y miran para abajo. Les sorprende, una  hortensia cabeceando en plena Avenida Santa Fe.
Tomo el último trago. Sacudo unas miguitas del cuaderno. El camarero pasa un trapo por la mesa vecina. Los ventiladores de techo hace rato que están quietos. Una puerta chirría. Empujo la silla. Me aparto un pétalo de la cara, miro la hora de España en mi muñeca y sin darme cuenta, echo las raíces a andar.


(FOTO & TEXT: Petra Steinmeyer)